Mentira + mentira = leyenda urbana
Esta mañana he desayunado con el final de Casablanca (bendito TCM Clásico de Digital +, una isla entre tanta zafiedad). Vuelvo a devorar los últimos veinte minutos (impresionantes diálogos) y me reafirmo en que las dos supuestas frases más célebres de la película no existen. Rick no pronuncia jamás la manida "Tócala otra vez, Sam", sino que desliza un "Tócala. Tócala para mí, como lo hacías para ella". Y en pleno desenlace, cubiertos por la neblina del aeropuerto, con las hélices del avión girando hacia Lisboa, de la boca de Bogart tampoco sale un "Siempre nos quedará París", sino "Siempre tendremos París".
Y entre galleta y galleta, uno, al que le da por establecer extrañas conexiones mentales, se percata de que un error mil veces repetido acaba germinando en mentirijilla, en bulo mastodóntico o incluso en leyenda urbana. Ahí está el señor Acebes, erre que erre con la conexión ETA-Al Qaeda del 11-M, por mucho que todos los testigos, imputados y acusados coinciden en un contundente "No". Pues ellos que sí, venga palos a la burra, a ver si, al más puro estilo Goebels, la mentira permea, cala hasta el fondo y no hay forma de borrarla. Algo así como esas historias que insisten en que en las alcantarillas de Nueva York anidan miles de caimanes arrojados un día por el retrete, o esos fantasmas que se te aparecen en las cunetas de las carreteras secundarias. Versión Zaplana: miente que algo queda. Me quedo con Bogart: alguien se ha encargado de tergiversar sus diálogos, pero al menos no nos intentan convencer de que donde dijo "París" en verdad quería decir "Londres". Y me asalta una duda: ¿ese estado eterno de mala uva que lucen ciertos personajes de la oposición se ensaya o es congénito? Benditas historias en blanco y negro (las de Ingrid Bergman, aclaro).